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El amor es más fuerte

El amor es una fuerza inmensa. Incontrolable. Un huracán que se arroja con fuerza sobre los corazones ennegrecidos a quienes les gustaría poder detenerlo. Pero no pueden. Ni siquiera con sus armas. Ni siquiera la muerte. Aunque nuestro corazón se ahogue hoy de tristeza y de rabia en Orlando. Aunque la vida parezca haberse detenido tras el ataque homófobo que deja tras de sí 50 víctimas mortales y 53 heridos.

No habrá quien pueda vencer nuestro deseo. Quien acabe con nuestra libertad. No hay monstruo que sea capaz de teñir con sus grises nuestros colores, esos que llevamos décadas, siglos defendiendo. Esos que han hecho que tantas vidas y generaciones queden rotas para siempre por el camino. Porque estamos hechos de los versos de Cernuda. De los verbos de Lorca. Estamos llenos de deseo y de poesía, de mares que se desbocan en cada beso. Y a cada paso.

Hoy ese mar, el que siento que vive en mí, ha amanecido encrespado y amargo. Con ganas de guerra. De plantar cara. Ganas de gritar que no tenemos miedo. Que si el horror ocurre es porque temen nuestra verdad. Porque el amor, cuando no se comparte, asusta. Porque hay corazones demasiado minúsculos en los que no cabe la vida y donde solo puede anidar el fanatismo. Donde las palabras se ahogan y solo queda la opción de la violencia. Pero ellos son menos. Y son más débiles, aunque se refugien bajo religiones e integrismos. Ahora hay que seguir avanzando, peleando, reivindicando. Hay que seguir haciendo crecer ese mar de voces contra los que les apoyan. Los cómplices de cada uno de estos 50 asesinatos: los integristas que condenan la homosexualidad, los portavoces -religiosos, políticos, mediáticos- que alientan la homofobia, todos los que callan y omiten con su silencio, todos los que permiten que el odio se imponga. Quienes lo alimentan.

Pero nosotros somos llamas que se extienden. Mares de fuego en continua y poderosa adolescencia. Mares de quince, de dieciséis años, mares que, como yo, se abatieron anoche en lágrimas de rabia y de impotencia, porque se reconocieron en ese dolor, en la soledad de quienes hoy han perdido a una pareja, a un familiar, a un amigo. Mares que, también como yo, hoy se alzan de nuevo con arrogancia sobre la oscuridad. Contra el terror. Porque tenemos que gritar que necesitamos más leyes, más educación, más cultura, más medios. Porque la voz contra la homofobia debe de ser unánime. Contra el machismo que la sustenta. Contra el terrorismo heteropatriarcal que late en ella. Todo surge de una misma raíz. De una misma ciénaga donde se pudre la vida y se oscurece el alma.

Por eso quiero abrazarme hoy a ti. A quien quiera que seas. Y dejar que ese abrazo me calme. Y necesito saber que en tu cuerpo, tengas el nombre que tengas, encontraré la fuerza que ahora me falta. Y sueño que ese abrazo no sea solo nuestro. Que se multiplique. Que hoy todos seamos un mar de cuerpos enlazados. De manos que se suman y de miradas que se reconocen. No más excusas. No más escondrijos. No más cómplices de la barbarie. No habrá cadena que rompa nuestro abrazo. Ni muro que detenga nuestro mar.

Somos luz. Somos fuego. Somos más.

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Fernando J. López

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