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Elsa, ¿lesbiana?

Cada vez que creo que hemos mejorado, sucede algo que me demuestra lo mucho que nos queda por avanzar. Algo como que, de repente, se organice una polémica absurda  porque se pide que un personaje de dibujos animados sea homosexual. Algo como que haya quien se lleva las manos a la cabeza ante la idea de que Elsa, la protagonista de Frozen, tenga novia en la segunda parte de la película.

¿Alguien habría montado un escándalo si los guionistas nos hubiesen contado que habían pensado en un novio para ella? Llevamos décadas de cintas de animación donde no hay un solo personaje LGTB: en las películas Disney ni ellos son gays ni ellas lesbianas. Se ve que en los cuentos de hada todo el mundo es muy hetero, como en esa sociedad que querrían algunos y donde no cabe la diversidad. Donde no hay gente de mi edad que sienta como yo, porque los príncipes no pueden enamorarse de otros príncipes ni las princesas de otras princesas.

Entre los argumentos (por llamarlos de alguna forma) que dan los que critican la idea de que Elsa tenga novia mi favorito es el de quienes insisten en que entonces muchas niñas querrán ser lesbianas también. Como si la sexualidad fuera algo que se elige y se consume con la misma facilidad que el merchandising de una película. Es más, seguro que al terminar la sesión, más de una niña quiere la muñeca de la peli y, de paso, una ración de sexo lésbico. A mí, desde luego, cada vez que veo Bambi me entran unas ganas locas de volverme ciervo…

No sé qué pasará al final, pero dudo que Disney tenga el valor de dar un paso adelante y visibilizar a quienes, como yo, estamos hartos de no aparecer en sus películas. Y somos muchos. Adolescentes gays, lesbianas, transexuales, bisexuales… Adolescentes que no aparecemos nunca en la pantalla, ni en las series, ni en las novelas, a no ser que se nos use para contar un dramón ridículo que no tiene nada que ver con nuestra vida. Ni con la que tenemos ni con la que soñamos. Adolescentes a quienes se nos cuenta que todo está genial, que vivimos en una sociedad modernísima, tolerantísima y estupendísima que, de repente, se escandaliza porque un cartoon sea gay. Adolescentes que estamos hartos de ser invisibles y a quienes nos gustaría que el cine -sí, también el infantil- también hablase de nosotros. Que la ficción fuera tan diversa como lo es la realidad. Por eso me gustaría que Elsa acabara besándose con otra chica. O que experimentase con alguna y, al final, terminase sola e independiente. Porque quiero que el final feliz no sea siempre hetero y parejil, como si la vida solo pudiera vivirse desde la dependencia, desde ese modelo que nos venden y que no admite variantes. Un  modelo que, la verdad, no me interesa. Ni lo más mínimo.

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