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Paso de Otelos

Son solo cifras, pero cuesta creerlas. O me costaría hacerlo si no hubiera sido testigo de escenas como la de Marina en aquella fiesta… Ella no me ha contado nada (supongo que Abril tendrá más datos), pero puedo imaginarme yo mismo el guion de esa película. Una de terror psicológico, supongo, aunque con el cafre de novio ese también podría ser de terror físico.

 Le he mandado hoy por whatsapp este artículo. No sé si lo habrá leído, porque a Marina se le da bien obviar la realidad cuando no le interesa (tiene que ver con su cutresuperpoder, que le permite transformarlo todo a su antojo), pero el caso es que  algo no marcha bien. Y no porque lo digan aquí, sino porque estoy cansado de verlo a mi alrededor. Son pequeños gestos, acciones minúsculas, actitudes casi invisibles que no parecen importantes pero que se repiten demasiado. Como cuando alguien me dice que mi chico no me quiere porque no le preocupa con quién salgo o qué hago cuando no estamos juntos… Tiene gracia, como si mi chico no supiera que si intentara encadenarme, más me alejaría yo.

No quiero cuerdas que me aten, sino puertas que se abran. Caminos que se inventen. Y mares que se liberen. Eso es lo único que necesito.  Y ahí no cabe el control, ni la vigilancia, ni la duda. No necesito Otelos que se mueran de celos por mí, sino gente que comparta mi mundo y que sepa formar parte de él sin invadirlo, porque si lo hicieran ya no tendría sentido continuar.

Puede que no tenga muy claro qué es el amor (¿alguien lo tiene?, ¿en serio?), pero sí sé que no se parece en  nada a ese espacio minúsculo y oscuro donde alguien te encierra por culpa de su propia inseguridad. Si las emociones no nos hacen más grandes, si no nos permiten crecer, ¿de qué nos sirven? A mí me sobra el miedo. Me sobra Otelo. Y me sobra el veneno de Yago. Si mi vida tiene que ser un Shakespeare que sea el  sueño de una noche de verano. Una noche y un verano eternos para disfrutarla como a mí me dé la gana. Sin más explicaciones.

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