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Violencia de saldo

Hay gente que está convencida de que el amor es una enfermedad. Gente que condena los besos, los abrazos y los cuerpos ajenos porque son un síntoma de esa epidemia tan peligrosa de la libertad. Por eso quieren curarnos, para que olvidemos nuestra identidad y volvamos a escondernos. Entre las sombras.

Gente que, como esta, promete volvernos normales como si normal fuera una palabra que significase algo. Como si no fuese más que un adjetivo inútil donde no cabe nadie. Gente que sigue creyendo que hay maneras de ser correctas e incorrectas, que contribuye al odio y la marginación, gente que pretende censurar la vida de los demás porque es incapaz de entender que no hay una única manera de amar. Ni de sentir. Que lo normal -si es que hay algo normal- es ser singulares. Ser únicos.

Este no ha sido un buen verano para la libertad. Ni para quienes seguimos peleando por unos derechos que ya deberíamos tener y que a veces me pregunto cuándo van a ser reales. Un verano en el que hemos sabido, gracias a noticias tan tristes como esta, que agredirnos se salda con apenas 250€. Insultar o golpear a un gay es barato. La violencia es barata. El odio es muy barato. Pero el precio por ser nosotros mismos es carísimo.

Y tampoco así van a conseguir que baje la cabeza. Ni que me esconda. Hace ya meses que rompí ese armario donde querían encerrarme (o donde yo mismo me había encerrado, no lo sé) y cuando empiece el curso no voy a regresar a él. Y estarán los de siempre, cómo no. Y las “gracias” habituales ante las que algún profe dirá algo mientras el resto miran para otro lado… Pero también están los amigos de verdad. Los de siempre. La gente con la que siempre he podido ser yo y que me animan a seguir siéndolo. Ya buscaré el modo de no dar marcha atrás: no he caminado hasta aquí para esconderme.

No sé cómo va a ser el curso, pero sí espero que surja alguien. Algún chico que me guste y con el que me apetezca ir de la mano. Con el que perderme por el barrio. O por el centro. Con el que besarme a plena luz tantas veces como queramos. Algún chico que tampoco tenga miedo de ser y que esté tan enfermo como yo. Porque para atreverse a amar a alguien, a abrir nuestros miedos, nuestras dudas y hasta nuestras heridas ante otra persona, hay que estar muy enfermos. Y ojalá nunca encontremos cura para esa enfermedad.

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